Crítica: Mäkelä y la transformación de una orquesta
Crítica: Mäkelä y la Orquesta Ciudad de Granada. La transformación de una orquesta
Obras de Widman, Bartók y Beethoven. Orquesta Ciudad de Granada. Dirección musical: Klaus Mäkelä. Granada, Palacio de Carlos V. 25 de julio
Acudíamos a Granada con la expectación de comprobar hasta dónde eran ciertos los elogios y ditirambos que se vienen emitiendo sobre esta figura emergente de la dirección orquestal que es este joven finlandés de veinticinco años que tanto está dando que hablar. Y tras asistir a este concierto debemos decir que todo lo que se dice es verdad. Mäkelä combina de manera ideal la perfección técnica, la claridad y minuciosidad del gesto, la comprensión de la partitura hasta su último detalle y la musicalidad que hace que todo fluya con naturalidad.
Abrió programa Con brio de Jörg Widman, una pieza que juega a sembrar reminiscencias y destellos de la séptima sinfonía de Beethoven (de su último movimiento, denominado Allegro con brio) en medio de un panorama de juegos de timbres y texturas muy bien diseñados. Mäkelä sacó todo el partido a la escala de colores que pide la partitura mediante el juego con recursos sonoros como los metales soplados, las cuerdas en armónicos o sul ponticello, los pizzicati alla Bartók, etc., con el resultado de un brillante despliegue de virtuosismo tímbrico secundado al segundo por la OCG.
Resultó impresionante ver cómo Mäkela diseccionaba compás a compás el Divertimento de Béla Bartók. El arranque del Allegro non troppo fue fulgurante, lleno de energía en los ataques de unas cuerdas plenamente empastadas, con ritmos bien marcados y frases matizadas nota a nota con minuciosidad. Esta capacidad de matización expresiva, sumamente detallista, pero sin caer en un preciosismo que despoje a la música de sus unidad intrínseca afloró de manera magistral en el Molto adagio. Imposible sacarle más partido expresivo a la partitura, en la que Mäkelä se interesó especialmente por subrayar la tensión interna dándole relieve al ostinato de los bajos. El Allegro assaiemergió con un fraseo exuberante y en que las cuerdas de la OCG sonaron con una tersura y un brillo inusitados, con intervenciones solistas de muy alto nivel.
Para cerrar el círculo abierto con la obra de Widman, la séptima sinfonía de Beethoven sirvió de vehículo para una nueva exhibición de la magistral técnica de Mäkelä y de la personalidad de su concepción de la obra. En sus manos, esta música sonó con enorme fluidez en un fraseo enérgico y en que el director acortaba al máximo los silencios e imprimía una fuerte carga de expresividad a los ataques. De virtuosismo de batuta se puede calificar su manera de ir exponiendo el tema principal del Allegretto desde los violonchelos a los violines primeros, sección a sección, con una muy medida gradación dinámica magistralmente sostenida. Su visión clarificadora permitió que todas las frases y todas las voces se hiciesen nítidas, a pesar de las agógicas impuestas, que llegaron a su máxima expresión en el Allegro con brio final. Aquí, la rapidez con la que atacó la música desde el final del Presto anterior cogió descolocados a los violines en los primeros compases, pero en seguida todo volvió a encajar para firmar un final de concierto memorable en el que la OCG sonó como nunca y en la que Mäkelä apabulló por su madurez y su exultante desinhibición. Andrés Moreno Mengíbar
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