Crítica: Michael Volle, una voz poderosa para Wagner
Crítica: Michael Volle, una voz poderosa para Wagner
Obras de Richard Wagner y Richard Strauss. Michael Volle, barítono-bajo. Grabriela Scherer, soprano. Sinfónica de Madrid. Gustavo Gimeno, director. Teatro Real de Madrid, 29 de marzo.

Michael Volle y Gabriela Scherer
En una reciente entrevista, Kirill Petrenko, el titular de la Filarmónica de Berlín, se ha quejado de que solo dispone de un par de días para preparar los programas semanales de su célebre orquesta. La pasada semana, hemos sido testigos de cómo las necesarias dosis de ensayos pueden servir si lo que se persigue, mediante la máxima implicación, supone trascender la mera materialización de la obra para expresar algo realmente personal, revelado a partir del estudio profundo de las auténticas intenciones del autor.
Lo que se ha podido vivir en las recientes interpretaciones que Teodor Currentzis acaba de ofrecer, en España, de sinfonías de Mahler y Bruckner, se aproxima ciertamente a ese asombro, o conmoción, que en algunas raras ocasiones proporciona el arte verdadero. El resto pertenece más bien al ámbito, igualmente necesario, del entretenimiento que, en el mejor de los casos, produce buenas, amables y placenteras sensaciones aunque sin llegar a percutir las fibras más hondas del espíritu.
De esto último hemos tenido en el concierto que este pasado sábado se ofreció en el Teatro Real. Lo cual, posiblemente, no complaciera del todo al apasionado Wagner, quien pretendía transformar a las personas con su teatro musical de un modo parecido a lo que los griegos habían procurado llevar a cabo a través de sus dramas. El otro compositor elegido para este programa, Richard Strauss, quizá estuviera menos revestido de tan nobles y elevados ideales, aunque pocas obras ofrezcan una reflexión más certera, punzante y abisal sobre la inexorabilidad del paso del tiempo que El caballero de la Rosa (gracias, sobre todo, al impagable texto de Hoffmansthal).
Compareció Michael Volle, uno de los bajos-barítonos más interesantes entre la actual hornada de los llamados especialistas en el autor de Parsifal, junto a su mujer, la soprano Gabriela Scherer, para una velada en la que se interpretaron selecciones escogidas de las wagnerianas El holandés errante y Tannhäuser, además de la Arabella de Strauss.
Sorprendió el más bien sobrio recibimiento dispensado, al inicio, a Volle, cuando en este mismo teatro a cualquier “tenorino” se le regalan ovaciones cerradas nada más poner un pie en el escenario (cuestión seguramente de repertorios y de famoseo). Pero de inmediato se logró establecer la jerarquía.
Pese la anodina interpretación que Gustavo Gimeno (capaz de agitar su brazo izquierdo sin pausa, a imitación de Claudio Abbado, de la misma manera que suele hacer el propio sobrino del recordado maestro, pero sin los resultados que obtenía aquel en ambos casos) ofreció de la célebre obertura del Holandés, con el plácido reflejo de unas olas que solo podrían provocar la inquietud de algún imberbe, a Volle le bastaron un par de frases para mostrar su reconocida autoridad en la materia.
El mónologo del marino errante se desplegó nítido y contundente a través de esa mezcla de acentos rotundos, con esa voz ancha, segura, amplia y la calidez expresiva que caracterizan a este notable intérprete, siempre preocupado por dotar de sentido a la palabra. Lo único que podría echarse en falta en su poderosa caracterización es algo de ese fatalismo que parece dominar al personaje, con esa congoja existencial, metafísica. La desesperación que refleja el Holandés de Volle posee un encanto próximo, muy humano, sin esas connotaciones más sombrías que lo convertirían en una suerte de enigma, un ser sobrenatural.
En cualquier caso, eso es lo que tienen estas necesariamente parciales interpretaciones que se ofrecen en esta suerte de citas por retales. Lo realmente interesante hubiese sido apreciar todo el trabajo de Volle, las distintas aristas del personaje que suelen aflorar con el desarrollo, en una interpretación acabada de toda la obra al completo. Como complemento, se ofreció además el apasionado dúo entre la pareja para hacer intervenir a la Senta de Gabriela Scherer, algo disminuida frente al torrente de su marido. Por suerte, no nos han sometido, ahora, a la típica imposición de la parentela, que tantas veces produce resultados desiguales y hasta sonrojantes.
La soprano Scherer, sin poseer la voz ni los medios de una Lise Davidsen, canta con cierto gusto, posee un timbre fresco y agradable, con una proyección justa, por más que no alcance a delinear los perfiles más dramáticos de la redentora. Su instrumento lírico se pliega quizá más adecuadamente a los requerimientos de Elisabeth, como pudo demostrar durante los fragmentos de Tannhäuser que abrieron la segunda parte.
Las particulares características de la voz de esta cantante le permitieron apuntar algo de la fragilidad del personaje. En cambio, aquí Volle se mostró menos convincente en su rol, quizá porque con los años la voz ha perdido algo de lozanía y flexibilidad para Wolfram, que demanda un instrumento más sutil que poderoso, capaz recrearse en la media voz. Sonó un poco tirante y algo forzado en la bellísima invocación nocturna.
La complicidad del matrimonio que, a pesar de la fórmula a menudo frustrante de un concierto, intentó desplegar sus reconocidas dotes actorales mediante abundantes, significativos gestos y miradas, se hizo más presente, si cabe, en el momento decisivo del encuentro entre Mandryka y Arabella, en la deliciosa ópera de Richard Strauss. El dúo, interpretado con toda intención por ambas partes, terminó con beso. Y el público, siempre propicio a esta suerte de gestos, terminó aplaudiendo generosamente a ambos artistas, que tuvieron el detalle de señalar a la orquesta en varias ocasiones para manifestarle su aprecio a los músicos.
Aún resuenan en el Real los ecos de la estupenda Arabella ofrecida durante la temporada pasada, donde la Sinfónica de Madrid hizo un gran trabajo, entonces a las órdenes del interesante David Afkhan. Gimeno, que tiene todo un repertorio aún por fabricarse desde una posición tan relevante como la de próximo titular musical de esta institución (antes se llegaba aprendido a estos cargos), se mostró especialmente atento en los acompañamientos.
Pero tanto en la citada obertura del Holandés como en el preludio del acto III de Tannhäuser, se echaron en falta muchos matices: tensión dramática, en el primer caso, un lirismo más encendido, un fraseo más fantasioso en el segundo. La Sinfónica de Madrid se mostró simplemente cumplidora, algo más entregada en Strauss, sin ninguno de esos detalles de excelencia que convierten un buen concierto en algo superior.
Una lástima que Volle no regalara al público su mejor interpretación, acaso uno de los monólogos de Hans Sachs en Maestros cantores. Quizá en otra ocasión, aunque mucho mejor sería poder escucharlo aquí en una ópera completa.
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